Love, Maybe
Pensé mucho antes de escribir esto. No porque no tuviera nada que decir, sino porque por primera vez sentí que si escribía iba a tener que ser completamente honesta. Y la honestidad tiene algo incómodo: cuando uno la pone en palabras, deja de poder esconderse.
La dignidad, por ejemplo.
Me quedé. Me quedé más tiempo del que debería haberme quedado. Hasta que un día algo dentro de mí se rompió del todo. Hice una valija, me subí a un auto, y me fui de la ciudad donde había vivido toda mi vida.
Así llegué a Buenos Aires.
Y durante mucho tiempo creí que ese capítulo estaba cerrado.
Pero las historias mal cerradas tienen la mala costumbre de volver.
Hace poco tiempo apareció en mi vida, SurferGirl. La conocí de una manera completamente inesperada. Ella tenía esa calma de la gente que ya sobrevivió a algunas tormentas y aprendió a mirar el mar con respeto.
Es brillante.
Es valiente.
Y tiene la sonrisa más hermosa que vi en mucho tiempo.
Con ella descubrí algo que nunca me había permitido pensar demasiado: que el amor no siempre viene en la forma que uno imaginó. A veces llega con otro lenguaje, otro cuerpo, otra historia.
Y funciona igual.
O tal vez mejor.
Lo que pasó entre nosotras fue real. Intensamente real. Tan real que me asustó.
Porque cuando alguien te ve de verdad —no la versión ordenada que mostrás al mundo, sino la versión rota, confundida, humana— ya no hay muchos lugares donde esconderse.
Entonces hice lo que mucha gente hace cuando tiene miedo.
Lo arruiné.
Mi pasado volvió a aparecer. DeepecheBoy apareció otra vez, intentando reabrir una historia que yo ya sabía que estaba podrida desde el principio. Y cuando SurferGirl vio todo… yo volví a convertirme en esa versión pequeña de mí misma que había existido en ese pasado.
La que tenía miedo.
La que dudaba.
La que no sabía cómo defenderse.
Ella se fue.
Se fue lejos.
Y dejó una carta que probablemente voy a guardar el resto de mi vida.
Mientras escribo esto, estoy empezando a entender algo que hasta hoy me costaba aceptar.
La amo.
No es una palabra que use fácilmente, pero es la única que encaja con lo que siento cuando pienso en ella. La amo por su inteligencia, por su forma de ver el mundo, por su manera de quedarse cuando todo se pone difícil.
Pero también entendí algo más.
No sé amar todavía.
No de la forma en que alguien como ella merece.
Las heridas que uno arrastra terminan apareciendo en los momentos más importantes. Y si no las miramos de frente, terminamos repitiendo las mismas historias con personas diferentes.
Así que este no es el final de la historia.
Es una pausa.
Una necesaria.
Primero tengo que sanar yo.
Después veremos qué decide el universo.
Porque si hay algo que aprendí en esta historia es que el amor verdadero no se trata de encontrar a alguien perfecto.
Se trata de convertirse en alguien capaz de sostenerlo cuando aparece.
Así que voy a hacerlo.
Voy a contar una historia.
No con nombres reales. Internet no necesita saberlo todo. Pero sí con la verdad.
Hace algunos años conocí a alguien que voy a llamar DeepecheBoy. Encantador, inteligente, divertido. De esos hombres que entran a una habitación y todo el mundo gira un poco la cabeza. Yo también lo hice. Me enamoré perdidamente de él. Durante mucho tiempo creí que estábamos construyendo algo juntos. Que lo que vivíamos era una historia compartida.
No lo era.
Yo era la otra.
Durante meses fui la amante de un hombre que tenía novia. Una mujer que llamaremos Verónica que, por lo que supe después, eventualmente se convirtió en su esposa. Lo más increíble de todo no fue la mentira. Fue lo fácil que me resultó quedarme después de descubrirla. Porque cuando uno está enamorado, empieza a negociar con cosas que jamás habría aceptado antes.
Voy a contar una historia.
No con nombres reales. Internet no necesita saberlo todo. Pero sí con la verdad.
Hace algunos años conocí a alguien que voy a llamar DeepecheBoy. Encantador, inteligente, divertido. De esos hombres que entran a una habitación y todo el mundo gira un poco la cabeza. Yo también lo hice. Me enamoré perdidamente de él. Durante mucho tiempo creí que estábamos construyendo algo juntos. Que lo que vivíamos era una historia compartida.
No lo era.
Yo era la otra.
Durante meses fui la amante de un hombre que tenía novia. Una mujer que llamaremos Verónica que, por lo que supe después, eventualmente se convirtió en su esposa. Lo más increíble de todo no fue la mentira. Fue lo fácil que me resultó quedarme después de descubrirla. Porque cuando uno está enamorado, empieza a negociar con cosas que jamás habría aceptado antes.
La dignidad, por ejemplo.
Me quedé. Me quedé más tiempo del que debería haberme quedado. Hasta que un día algo dentro de mí se rompió del todo. Hice una valija, me subí a un auto, y me fui de la ciudad donde había vivido toda mi vida.
Así llegué a Buenos Aires.
Y durante mucho tiempo creí que ese capítulo estaba cerrado.
Pero las historias mal cerradas tienen la mala costumbre de volver.
Hace poco tiempo apareció en mi vida, SurferGirl. La conocí de una manera completamente inesperada. Ella tenía esa calma de la gente que ya sobrevivió a algunas tormentas y aprendió a mirar el mar con respeto.
Es brillante.
Es valiente.
Y tiene la sonrisa más hermosa que vi en mucho tiempo.
Con ella descubrí algo que nunca me había permitido pensar demasiado: que el amor no siempre viene en la forma que uno imaginó. A veces llega con otro lenguaje, otro cuerpo, otra historia.
Y funciona igual.
O tal vez mejor.
Lo que pasó entre nosotras fue real. Intensamente real. Tan real que me asustó.
Porque cuando alguien te ve de verdad —no la versión ordenada que mostrás al mundo, sino la versión rota, confundida, humana— ya no hay muchos lugares donde esconderse.
Entonces hice lo que mucha gente hace cuando tiene miedo.
Lo arruiné.
Mi pasado volvió a aparecer. DeepecheBoy apareció otra vez, intentando reabrir una historia que yo ya sabía que estaba podrida desde el principio. Y cuando SurferGirl vio todo… yo volví a convertirme en esa versión pequeña de mí misma que había existido en ese pasado.
La que tenía miedo.
La que dudaba.
La que no sabía cómo defenderse.
Ella se fue.
Se fue lejos.
Y dejó una carta que probablemente voy a guardar el resto de mi vida.
Mientras escribo esto, estoy empezando a entender algo que hasta hoy me costaba aceptar.
La amo.
No es una palabra que use fácilmente, pero es la única que encaja con lo que siento cuando pienso en ella. La amo por su inteligencia, por su forma de ver el mundo, por su manera de quedarse cuando todo se pone difícil.
La amo.
Pero también entendí algo más.
No sé amar todavía.
No de la forma en que alguien como ella merece.
Las heridas que uno arrastra terminan apareciendo en los momentos más importantes. Y si no las miramos de frente, terminamos repitiendo las mismas historias con personas diferentes.
Así que este no es el final de la historia.
Es una pausa.
Una necesaria.
Primero tengo que sanar yo.
Después veremos qué decide el universo.
Porque si hay algo que aprendí en esta historia es que el amor verdadero no se trata de encontrar a alguien perfecto.
Se trata de convertirse en alguien capaz de sostenerlo cuando aparece.
Fin volumen 2


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