Hola Mundo, volvi!
Hace un año y monedas que no escribo por estos pagos. Este espacio nació en un momento muy particular de mi vida, cuando necesitaba encontrar un lugar donde las palabras pudieran existir sin juicio ni contexto, sin nombres propios ni explicaciones innecesarias. Un pequeño rincón anónimo de internet donde era posible ordenar pensamientos que, en el mundo real, todavía resultaban demasiado pesados o demasiado confusos para ser pronunciados en voz alta. En aquel entonces escribir era casi una forma de supervivencia: una manera de descomprimir el peso que uno carga cuando cree que todo lo que ocurre alrededor suyo depende exclusivamente de su capacidad de resistirlo.
Siempre me gustó la imagen de Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros. Los antiguos lo describen como un castigo divino, una condena eterna impuesta por Zeus después de la guerra entre los dioses y los titanes. Pero con el tiempo me pregunté si Atlas realmente sentía el peso del mundo cada segundo de su existencia, o si después de siglos de cargarlo se habría acostumbrado tanto a esa presión que ya ni siquiera la notaba. Tal vez el verdadero impacto no estaba en el peso mismo, sino en el instante en que ese peso desaparece y uno se queda, de repente, con las manos vacías.
Durante mucho tiempo pensé que esa era mi historia. Que había aprendido lo necesario, que el mundo había vuelto a su lugar natural y que ya no tenía sentido seguir hablando de aquello que, de alguna manera, había quedado atrás. Cerré este blog con la convicción de quien cree haber entendido una lección importante de la vida. Y, como suele ocurrir con las certezas demasiado firmes, el universo encontró la manera de ponerlas a prueba.
Anoche ocurrió algo curioso. Algo distinto a lo que estoy acostumbrada. Algo breve, casi insignificante si uno lo observa desde afuera, como esos pequeños movimientos en la superficie del agua que parecen desaparecer antes de que podamos prestarles demasiada atención. Pero a veces los cambios más profundos no llegan con estruendo, sino con un gesto simple, con un momento inesperado que de pronto cuestiona todo lo que uno creía saber sobre sí mismo.
Los mitos están llenos de historias sobre héroes que atraviesan umbrales sin saber exactamente qué encontrarán del otro lado. Ulises partió de Ítaca creyendo conocer el mundo y terminó navegando durante años por mares que nunca imaginó. Tal vez la vida real funcione de una manera bastante parecida. Creemos haber trazado nuestro mapa, creemos saber cuáles son los caminos posibles… hasta que aparece uno que no estaba en el plano original.
Y aquí está el dilema, mi querido lector.
Ayer besé los labios de otra mujer por primera vez en mi vida. Bueno, no por primera vez, si debo confesar. Alguna noche hace tiempo por culpa del alcohol bese a alguien pero no fue igual.
Y no sé cómo sentirme al respecto.
Su personalidad y su estética alteraron la química de mi cerebro de una forma que todavía no logro comprender del todo.
Los griegos decían que Afrodita tenía cabellos dorados y que su belleza era capaz de hacer que incluso los dioses olvidaran por un momento quiénes eran. Siempre me pregunté si exageraban… o si simplemente estaban tratando de explicar lo que ocurre cuando una persona aparece en tu vida y, de repente, todo lo que creías entender sobre vos mismo empieza a tambalear.
No estoy segura de qué significa todo esto todavía. Tal vez sea solo una anécdota, una curiosidad pasajera que dentro de unos meses recordaré con una sonrisa. O tal vez sea una de esas pequeñas grietas que terminan cambiando la forma en que vemos el mundo.
Lo único que sé con certeza es que esta mañana recordé este lugar.
Y qué escribir aquí, como tantas veces antes, parece ser una buena forma de empezar a entender lo que está pasando.
Su cronista pródiga ha vuelto.
Y parece que el viaje recién empieza.
Siempre me gustó la imagen de Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros. Los antiguos lo describen como un castigo divino, una condena eterna impuesta por Zeus después de la guerra entre los dioses y los titanes. Pero con el tiempo me pregunté si Atlas realmente sentía el peso del mundo cada segundo de su existencia, o si después de siglos de cargarlo se habría acostumbrado tanto a esa presión que ya ni siquiera la notaba. Tal vez el verdadero impacto no estaba en el peso mismo, sino en el instante en que ese peso desaparece y uno se queda, de repente, con las manos vacías.
Durante mucho tiempo pensé que esa era mi historia. Que había aprendido lo necesario, que el mundo había vuelto a su lugar natural y que ya no tenía sentido seguir hablando de aquello que, de alguna manera, había quedado atrás. Cerré este blog con la convicción de quien cree haber entendido una lección importante de la vida. Y, como suele ocurrir con las certezas demasiado firmes, el universo encontró la manera de ponerlas a prueba.
Anoche ocurrió algo curioso. Algo distinto a lo que estoy acostumbrada. Algo breve, casi insignificante si uno lo observa desde afuera, como esos pequeños movimientos en la superficie del agua que parecen desaparecer antes de que podamos prestarles demasiada atención. Pero a veces los cambios más profundos no llegan con estruendo, sino con un gesto simple, con un momento inesperado que de pronto cuestiona todo lo que uno creía saber sobre sí mismo.
Los mitos están llenos de historias sobre héroes que atraviesan umbrales sin saber exactamente qué encontrarán del otro lado. Ulises partió de Ítaca creyendo conocer el mundo y terminó navegando durante años por mares que nunca imaginó. Tal vez la vida real funcione de una manera bastante parecida. Creemos haber trazado nuestro mapa, creemos saber cuáles son los caminos posibles… hasta que aparece uno que no estaba en el plano original.
Y aquí está el dilema, mi querido lector.
Ayer besé los labios de otra mujer por primera vez en mi vida. Bueno, no por primera vez, si debo confesar. Alguna noche hace tiempo por culpa del alcohol bese a alguien pero no fue igual.
Y no sé cómo sentirme al respecto.
Su personalidad y su estética alteraron la química de mi cerebro de una forma que todavía no logro comprender del todo.
Los griegos decían que Afrodita tenía cabellos dorados y que su belleza era capaz de hacer que incluso los dioses olvidaran por un momento quiénes eran. Siempre me pregunté si exageraban… o si simplemente estaban tratando de explicar lo que ocurre cuando una persona aparece en tu vida y, de repente, todo lo que creías entender sobre vos mismo empieza a tambalear.
No estoy segura de qué significa todo esto todavía. Tal vez sea solo una anécdota, una curiosidad pasajera que dentro de unos meses recordaré con una sonrisa. O tal vez sea una de esas pequeñas grietas que terminan cambiando la forma en que vemos el mundo.
Lo único que sé con certeza es que esta mañana recordé este lugar.
Y qué escribir aquí, como tantas veces antes, parece ser una buena forma de empezar a entender lo que está pasando.
Su cronista pródiga ha vuelto.
Y parece que el viaje recién empieza.

Comentarios