Ser o no ser, esa es la cuestión

Hay momentos en la vida en que uno cree tener las cosas bastante claras. No digo resueltas, porque la vida no funciona así, pero al menos ordenadas dentro de cierta lógica personal. Sabemos quiénes somos, qué cosas nos gustan, qué cosas no toleramos más y, sobre todo, qué caminos ya decidimos no volver a recorrer.

Y después aparece alguien.

No una idea, no una teoría, no un debate filosófico sobre identidad o deseo. No. Una persona real, de carne y hueso, con ojos que te miran de una manera particular y una risa que parece abrir una ventana en medio de un cuarto que uno pensaba que estaba perfectamente ventilado.

Conocí a una chica. Una mujer.

Hermosa.

Surfergirl

La imagen es ilustrativa, pero no tan lejana de la realidad...


No lo digo en el sentido superficial de la palabra. (aunque no voy a negar que esta buenisima xD) Es de esas personas que tienen algo más que simplemente una cara linda. Hay una energía, una forma de estar en el mundo que hace que uno quiera quedarse cerca un rato más para entender qué está pasando ahí.

Desde hace una semana hablamos todos los días.

Mensajes de WhatsApp que empiezan siendo algo práctico y terminan derivando en cualquier cosa. Un comentario, una broma, una foto, un recuerdo de algo que pasó durante el día. Pequeñas conversaciones que no cambian el rumbo de la historia humana, pero que de alguna manera empiezan a ocupar espacio en la cabeza.



Y acá es donde aparece el problema.

Porque no puedo negar que me atrae...

“Didn’t you feel it? When we met, the world shifted—just a little bit.” (quote de una película hermosa que me recuerda a ella: No lo notaste? Cuando nos conocimos, el mundo girosolo un poquito) 

No es una metáfora. No es una exageración literaria. Es un hecho simple. Me gusta mirarla, me gusta escucharla hablar, me gusta esa sensación incómoda y eléctrica que aparece cuando estamos demasiado cerca.

Y al mismo tiempo, en algún rincón bastante profundo de mi cerebro, sigue existiendo la voz de mi madre. Esa educación católica que uno respira durante años aunque después deje de practicarla, como el olor de una casa donde ya no vivís pero que todavía reconocés apenas abrís la puerta.

Hace mucho tiempo que no me considero una persona religiosa. Pero eso no significa que ciertas ideas no hayan dejado una huella.

Entonces aparece la pregunta.
La famosa pregunta.

¿Soy gay?

¿Lesbiana?

¿Bisexual?

¿Heterosexual con una confusión momentánea?


Nunca me había pasado algo así.



Nunca tuve que sentarme a pensar en mi orientación como si fuera un problema matemático que requiere una solución precisa. Durante treinta y tantos años mi vida afectiva había sido bastante sencilla en ese sentido. Me gustaban los hombres. Punto.

Hasta ahora.

Y lo curioso es que no siento que mi mundo se esté derrumbando por esto. No hay drama, no hay una crisis existencial de proporciones bíblicas. Lo que hay es algo mucho más incómodo.

Duda.

Esa pequeña grieta que aparece cuando uno se da cuenta de que tal vez no se conoce tanto como creía.

Tal vez la pregunta no sea si soy una cosa o la otra. Tal vez la pregunta real sea por qué siento la necesidad de etiquetarlo todo antes de permitirme simplemente vivir lo que está pasando.

Pero claro, decir eso es fácil cuando uno escribe sola frente a una pantalla.

En la vida real todavía existe mi madre, su mirada impecable, sus silencios elegantes y ese universo cuidadosamente ordenado donde ciertas cosas simplemente no entran.

Y sin embargo, cada vez que mi teléfono vibra y veo su nombre en la pantalla, todas esas preguntas se vuelven un poco más difíciles de ignorar.

Así que acá estoy.

En el territorio incómodo de la duda.

Ser o no ser.

Esa es la cuestión.

Comentarios

Entradas populares