Te juro que no es P@rn (Tranquilos: esto sigue siendo yoga)

Yo pensé que sabía lo que era tener relaciones sexuales.

En serio. Una cree que entiende cómo funciona todo: el cuerpo, el deseo, las famosas “químicas”. Después de todo, vivimos en una época donde hay tutoriales para absolutamente todo. Videos educativos, por supuesto. Guías, posiciones, puntos clave. Información hay de sobra.

Los hombres, para ciertas cosas, ni siquiera los necesitamos.

Pero sumarle yoga tántrico a tu primera experiencia con una mujer…

OH. POR. DIOS.




Primero aclaremos algo, porque cada vez que alguien escucha la palabra tantra piensa automáticamente en sexo exótico, música rara y gente con túnicas flotando por la habitación.

No es eso.

Bueno… no exactamente.

El tantra, en su forma más simple, es conciencia. Es presencia. Es aprender a prestar atención al cuerpo de una forma que normalmente no hacemos. Respirar más lento. Sentir más. Pensar menos.

En yoga hablamos mucho de energía. De cómo la respiración puede moverla, despertarla, hacerla circular por el cuerpo.

La energía Kundalini —esa famosa serpiente dormida de la que hablan tantos textos— no es magia ni misticismo extraño. Es una metáfora bastante elegante para algo muy simple: cuando dejás de controlar todo con la cabeza, el cuerpo empieza a responder de maneras bastante sorprendentes.

Ahora imaginá eso… pero compartido.

Dos respiraciones encontrándose.

Dos cuerpos escuchándose.

Sin apuro.

Sin la presión ridícula de “hacerlo bien”.

Solo sintiendo.

Lo que pasa después es difícil de explicar con palabras, porque no es exactamente una técnica. Es más bien un estado. Un momento en el que la mente deja de dirigir la orquesta y el cuerpo toma el control del concierto.

Y cuando eso pasa… el tiempo cambia de ritmo.

La energía también.

Digamos que la teoría del tantra dice que cuando dos personas respiran juntas durante suficiente tiempo, sus energías empiezan a sincronizarse.

Hasta anoche yo pensaba que eso era una metáfora muy bonita.


Ahora ya no estoy tan segura.

Pero bueno.

Eso será material para otra crónica nocturna.

Me voy a remitir a una canción de Arjona.

Porque, siendo honesta… ¿para qué describir lo que hicimos en la alfombra?

Basta con resumir que le deseé hasta la sombra. Y un poco maaaaaaaaasss.

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